El día que me fui a comer tacos de cabeza con la tesorera de los Estados Unidos.


Ayer llegué a mi casa más temprano de lo habitual para contarle un cuento a mis hijos antes de que se durmieran. Esto de la independencia y de no tener amigos en el gobierno que me asignen contratos, me devuelve tarde a casa. Un par de días atrás les prometí a Regina, a Paula y a Lorenzo que aunque fuera una vez a la semana llegaría pronto para volver a esa práctica que tanto nos encanta a los cuatro.

Suelo inventarles historias, les gustan la ficción, la fantasía, las hadas y de repente los hago imaginar personajes con poderes mágicos. Unas son protagonizadas por niños, otras por perros, algunas tratan de abuelos y de repente hasta de seres invisibles. Se proyectan en todas, las viven en su mente, es un momento mágico. De repente tienen lugar en sitios que conocen, pero otras ocurren en planetas desconocidos. Cuando es así, sé que, inevitablemente, me preguntarán si creo que existen los extraterrestres. Siempre les he respondido que sí y eso los desconcierta un poco. A quién no. De repente ellos proponen personajes y pelean por escoger el nombre de los protagonistas.

Ayer me pidieron que les contara una historia real, concretamente, cómo nos enamoramos su mamá y yo. Mientras reconstruía los acontecimientos, mi versión de lo nuestro, pensé que escarbar en la memoria es una buena forma de rescatar muchas cosas buenas y recordar por qué sigues ahí.

Después de quince minutos comenzaron a sumergirse en el sueño, así que le puse puntos suspensivos a la historia que les dio origen y les prometí que próximamente continuaría. Antes de emparejar la puerta para que ya descansaran tranquilos, Paula me dijo: “Papi, me encantan tus historias, gracias por contármelas, son muy buenas”, lo que me enterneció y me llevó de vuelta a la orilla de su cama para darle otro beso de buenas noches y ayudarla a dormir con el recorrido de las yemas de mis dedos en el contorno de su carita.

Cuando apagué horas después la lampara de mi buró, asentí: tengo buenas historias y la fortuna de que muchas de ellas sean reales.

A finales de 2007 entré a trabajar como responsable del área de publicidad de Bancomext. La primera encomienda que recibí de mi entonces jefe, hoy gran amigo, fue que se editara en México una versión en español del libro autobiográfico de Rosario Marín, la mexicana que fungió nada más y nada menos que como tesorera de los Estados Unidos en el gobierno de George W. Bush.

Un par de años atrás yo había acabado de escribir mi primera novela, El astronauta terrestre, con la que toqué la puerta de todas las editoriales de este país, mismas que me rechazaron. No obstante la desilusión que eso supuso en aquel instante, algo bastante esperanzador sucedió. Entre todas las negativas que recibí vía e-mail, encontré un correo de Patricia Mazón, una agente literaria que representaba en México a una agencia española muy reconocida, a la que también me había acercado en un intento más por ver mis letras hechas realidad. En pocas palabras, Patricia me decía en su correo que había encontrado algo especial en mi texto y que por favor, aunque de momento no podía hacer nada porque estaba en transición a otro trabajo, la mantuviera al tanto de mis movimientos.

Llegué a sospechar que tal vez se trataba de una respuesta recurrente con la que aquella mujer evitaba ser tan cruel como los verdugos de las editoriales. Sin embargo, en mis adentros, tenía la sensación de que era verdad, se sentía como una carta sincera.

El caso es que ante tal desafío —el libro de la tesorera debía publicarse en los próximos meses—, a pesar de haber perdido contacto con Patricia, de inmediato surgió su nombre en mi cabeza y enseguida busqué ese correo en mi computadora dentro de mi carpeta de pendientes. Marqué al celular que aparecía al calce de su firma y, tras recordarle cómo es que tenía su número, me platicó que ahora trabajaba en Santillana, en la firma Aguilar, cuya principal línea editorial, coincidentemente, son las biografías de famosos.

El día que fui a verla para exponerle el proyecto, de inmediato vi el convencimiento en sus ojos. Apenas había hojeado la versión original en inglés que había lanzado meses antes la editorial Simon & Schuster en Estados Unidos, cuando ya había dado el sí. No lo dudo ni un segundo. De regreso en mi oficina, cuando le platiqué a mi jefe, no podía creerlo.

Así fue como empecé a conocer a Rosario Marín, conforme revisaba página por página la traducción de su libro y a través de un sinfín de e-mails que intercambiamos en el proceso de edición para resolver todas las cuestiones que día a día surgían en Santillana. Yo jugaba el papel de enlace y la verdad es que me parecía muy extraño estarme escribiendo con la Tesorera de los Estados Unidos, con la responsable de firmar los billetes del país más rico y poderoso del mundo, con la única persona no nacida en suelo estadounidense que ha ocupado ese cargo.

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Poco a poco me adentré en su vida y de cierta manera la acompañé al paso de la lectura en todos los retos que superó para llegar a donde había llegado luego de que sus padres decidieron que toda la familia junta migraría a Estados Unidos, sin más recursos que la determinación, en busca de un mejor porvenir. Cuando cruzaron la frontera y pisaron por primera vez el suelo de aquel maravilloso país, Rosario tenía 14 años y no sabía hablar inglés. Y ese es nada más el principio de su historia.

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El día que por fin nos encontramos cara a cara en la presentación del libro y se dirigió a mí por mi nombre seguido de un efusivo “gracias, hiciste un trabajo extraordinario, el libro quedó espectacular”, me sentí muy importante, pero sobre todo halagado. Es algo inevitable que supongo nos sucede a todas las personas cuando se acerca a nosotros con toda familiaridad un personaje con un halo de poder y una energía tan magnética como la suya.

Platicó acerca del libro frente a un auditorio repleto de personas, rememoró los episodios más conmovedores, difíciles y gratificantes de su vida, su paso por el Departamento del Tesoro y una serie de anécdotas dignas, sí, de un libro y, por qué no, de una película. Después firmó copias para cientos de personas a las que cautivó durante su intervención. Aquello no se trató de una simple presentación, fue todo un homenaje a su vida, un reconocimiento a su trayectoria: la mexicana que llegó a los Estados Unidos a los 14 años sin saber hablar ni entender ingles, sin dinero y sin certeza, y que acabó por convertirse en la mujer latina con el cargo más importante en el gobierno del país vecino del norte.

“Todos llegamos así, aparentemente sin nada, pero llenos de confianza, de voluntad y de fe, con un sueño que compartimos todos los mexicanos y todos los seres humanos: vivir bien”, creo recordar que dijo en el podio frente al micrófono.

Al final del evento, quien estaba a cargo de llevar a la tesorera de regreso a su hotel para que descansara después de la extenuante jornada, nunca apareció, así que yo me ofrecí a llevarla. Le abrí la puerta del coche, me apresuré al volante y comencé a manejar el coche.

—¿En qué hotel te estás quedando, Rosario? —desde nuestro primer correo me pidió que la tuteara.
—¿Sabes algo, Francisco? Creo que me gustaría ir a comer antes unos tacos, ¿no te meto en aprietos si te pido el favor de que me acompañes?
—Por supuesto que no, al contrario, será un gusto —le respondí guardando todavía cierta formalidad—. ¿Cuáles te gustan, has probado los del Califa? —le pregunté ingenuo.
—¿El Califa? Jaja, no, vamos a ir a otros, yo te voy a llevar. ¿Sabes donde es la colonia Puebla?

En su biografía cuenta precisamente que ella nació y vivió su infancia ahí, en la colonia Puebla, cerca de la calzada Ignacio Zaragoza, digamos que a un costado del aeropuerto, así que me encaminé hacia allá y ya por ahí le pedí indicaciones, pues todavía no existía Waze ni Google Maps, así que ella me guió mientras me platicaba que su tía tenía un puesto de tacos de cabeza espectaculares en la cochera de su casa y que, además de que tenía antojo porque hacía años no los comía, quería, sobre todo, darle una sorpresa, pues también había pasado mucho tiempo desde la última vez que se vieron.

—¿Sí te gustan los tacos de cabeza, no?
Y tras una pausa tuve que reconocerle que jamas los había probado.
—¿Nunca? ¡Cómo!
—De verdad, nunca.
—Bueno, pues no te asustes, hoy los probarás. ¡Son muy buenos! ¡Y más los de ella!
—¿Y son de cabeza cabeza?
—Bueno, hay de todo, de ojo, de cachete, de lengua.

El encuentro de Rosario y su tía fue muy emocionante. A las dos se les salieron las lágrimas. La tía no tenía la menor idea de que Rosario estaba en la ciudad y cuando la vio casi no la reconoce. Después del fuerte abrazo que le dio nos preguntó que de qué los queríamos. Yo no supe responder y Rosario pidió por mí. Nos invitaron a pasar, nos destaparon una Coca-Cola muy fría a cada uno y al cabo de dos minutos el que despachaba los tacos nos los llevó a la sala donde ambas se actualizaron de sus vidas. Yo sólo escuchaba, no pudiendo creer que estaba ahí sentado comiendo tacos de cabeza, junto a la Tesorera de los Estados Unidos. Lástima que por aquellos tiempos tampoco se usaban las selfies, porque seguro esa estaría pegada a continuación. Pero imaginen, que es parte de la magia.

Hace unos días, justo cuando Trump estaba encerrado en los Pinos con el Presidente de México, leí una nota acerca de una declaración de Rosario Marín sobre el candidato de su mismo partido a la presidencia de los Estados Unidos.

Entonces pensé que ojalá un día todos aquellos mexicanos que se fueron a hacer fuertes a otros lugares regresen a México y nos enseñen a ser valientes y a defendernos, no sólo de la gente de afuera, sino especialmente de quienes conducen a este país, porque así no tendríamos que preocuparnos por nada más que por hacer grandioso a México otra vez.

Hace unos días intercambié unos breves mensajes de texto con Rosario:

FJKoloffon: ¡Rosario, ¿cómo estás?!
Rosario Marín: ¡Bien gracias, Francisco! ¿Y tú?
FJ Koloffon: Soñé que eras candidata para presidente de México…
Rosario Marín: ¡Oh, gracias por las flores!
FJKoloffon: No es broma, ¿nunca lo has pensado? Yo tampoco había pensado jamás en los tacos de cabeza y llevo años buscando unos que superen los que probé por primera vez en la colonia Puebla.


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