Ay, ay, ay, ayyy.


Como algunos de ustedes saben, hace poco menos de dos años mi papá acabó una mañana en el hospital y no salió sino hasta cuatro meses después, tras unas seis cirugías en la cabeza. Mientras estábamos ahí, mi madre se prometió que, si mi papá salía con vida, ella escribiría un libro sobre todo lo que tuvo que enfrentar durante ese tiempo: desde la posibilidad de que él se muriera y se quedara sola, hasta las peripecias con el seguro, el cuerpo médico, el carísimo estacionamiento del hospital, los trámites y el salir adelante.

Ya empezó a escribirlo (con la invaluable ayuda de Lucía Malvido) y quiero compartirles algunas líneas de su texto, precisamente en estos tiempos en que mucha gente no la está pasando bien, y donde muchas personas están justo entre la vida y la muerte en los hospitales.

“Tengo la intención de que esta historia sirva a otros porque me gustaría que, si alguna vez te toca pasar por algo así, recibas este testimonio en tus manos. Nosotros actuamos lo mejor que pudimos y salimos adelante gracias a los médicos y enfermeras que atendieron a Paco, a nuestra gente más cercana y querida, y a esas segundas, terceras o —en el caso de Paco, mi esposo— cuartas oportunidades que a veces te concede la vida en lo que suele entenderse como “el favor de Dios”.

Antes de que el doctor comience a hablar, mi hijo Rodrigo y yo nos miramos perplejos. El drástico cambio en su actitud anuncia que aquí viene una noticia difícil de escuchar: «Encontramos un absceso adentro del cerebro de su esposo. Lamentablemente, el absceso se reventó. Eso está infectado y causa que el tejido encefálico se inflame, dando lugar a los síntomas que hemos visto desarrollarse en estos días. Hay que realizar mañana a primera hora una cirugía urgente para colocar un drenaje y extraer el líquido contaminado, pues el contenido del absceso se esparció en su cerebro. Como se lo imaginarán, es una situación muy grave. El procedimiento es de alto riesgo y el panorama es muy complicado, se trata de un caso sumamente raro. La verdad es que no puedo decirle las posibilidades».

De inmediato le avisamos a Olga, quien estaba en su casa cuidando a los niños, y a Paco, que enseguida se puso a buscar un boleto de avión para regresar de sus vacaciones en Huatulco. A como dé lugar quiere estar junto a su papá, no sabemos qué pueda pasar y más bien pinta que es probable que suceda lo que no queremos.

El doctor llega muy temprano al cuarto para ver a mi esposo. Antes de que se retire para alistarse a la operación, le pido que se quede un momento más y que me dé las manos. Naturalmente, se sorprende, se pone un poco rígido, pero extiende sus palmas y las tomo entre las mías. Pronuncio una oración: «Que Dios opere a través de ti y de tus conocimientos. Que Él te ilumine para que todo salga bien. Bendigo tus manos y bendigo tu mente, para que no tengas errores, y doy gracias por todo lo que has aprendido para poder operar hoy a Paco. El poder de Dios está en tus manos. Que Dios opere a través de ti».

Cuando van a bajar a Paco al quirófano, Rodrigo se despide de él intentando más bien decirle hasta pronto. Olga viene en camino y Paco me avisa por WhatsApp que ya está llegando al aeropuerto de Huatulco para tomar su vuelo. Sin embargo, a los pocos minutos nos manda un mensaje. Al llegar al check-in, en la pantalla de salidas el estatus de su vuelo aparecía como “Cancelado”. Sumido en la desesperación, las lágrimas lo desbordan. En sus ojos, la tristeza se le mezcla con la rabia (alguien debería escribir también un libro sobre cómo sobrevivir a los corajes que te provocan las aerolíneas; los de Interjet no fueron luego ni para reembolsarle el boleto). En la angustiosa sala de espera, leo en su Facebook su crónica:

‘Ayer, todavía de vacaciones en Huatulco con mis hijos, mi mujer y mi familia política, minutos antes de las 12 de la noche recibí una llamada de mi hermano para avisarme que mi papá estaba grave. Enseguida compré un boleto para el primer vuelo de esta mañana, que debía salir a las 7:40 a.m., lo que me daba suficiente margen para llegar al hospital a abrazarlo antes de que lo operaran.

Pero al llegar al aeropuerto me encontré con mucha gente desconcertada mirando las pantallas de información; mi vuelo, el 5652 de Interjet, estaba cancelado por un supuesto banco de niebla que nos impedía aterrizar en la Ciudad de México.

Milagrosamente conseguí desde el celular un asiento en el siguiente vuelo mientras esperaba en la larga fila de pasajeros que buscaban desesperados una solución para poder regresar, pues en estas fechas todos los aviones van llenos de gente que quiere llegar a tiempo a sus casas para abrazar a los suyos en la celebración de mañana.

En medio del caos, lleno de impotencia y frustración, me rebasaron las ganas de llorar. Yo también me sentí absolutamente abrumado, solo abandonado a mi suerte. Y justo en ese instante, mientras me limpiaba con disimulo la desesperanza de la cara, de entre aquella fila interminable de pasajeros varados, uno de anteojos, sombrero y cara de buena persona, sacó de un estuche un ukelele y comenzó a tocarlo y a cantar para todos.

«¡Ay, ay, ay, ayyy, canta y no llores! ¡Porque cantando se alegra el cielito lindo los corazones!». Una versión acústica, suave, nostálgica pero esperanzadora.

En mi soundtrack de vida jamás figuró el “Cielito Lindo”, mi playlist de Spotify está llena de indie, brit-pop, Los Beatles, Los Beach Boys y algunos otros clásicos. Hasta Glenn Miller y uno que otro cumbión de la Sonora Santanera, de la Dinamita y las baladas maestras del Buki. Pero no el Cielito Lindo. Eso de que lo adoptaran como nuestro himno en el futbol me la echó a perder. Pero hoy, inesperadamente, acaba de convertirse en una canción más que significativa. Empezó a sonar justo en el instante que pedí una señal.

No solo tengo esta especial y contundente sensación de que la vida es una película, sino también la certeza de que está perfecta y oportunamente musicalizada, sobre todo para amamos la música y creemos en su puntualidad y sus poderes sanadores.

Mi película de hoy tiene una canción y sé que alguien —no sé quién ni desde dónde— la pidió para mí. A veces no hay mucho que hacer, hay cosas y situaciones que no están en nuestras manos, y lo único que queda es esperar, contemplar y cantar, aunque sea por dentro, como cuando rezamos’.

Como dice mi mamá, que esta historia sirva a quienes les toca pasar por algo parecido. Que tengan la suerte de que los atiendan buenos doctores, como los nuestros; que encuentren seres humanos grandes que carguen ukeleles (como Edgar Girón Manuel, quien luego me dijo su nombre); que la música nos alivie del ruido del caos, y que aprovechemos las oportunidades que la vida nos conceda.

Edgar Girón Manuel
Edgar Girón Manuel

Cuando quede listo el libro, les avisamos.

Estoy en TwitterFB e IG como @FJKoloffon. Y trabajo en La Novelería.


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