Volar


Cuenta mi madre que, allá por 1980, cuando salí de ver Superman en los Multicinemas Toreo, salí disparado al puesto de la calle donde vendían toda la parafernalia de la película.

Sin dudarlo, señalé la capa y pedí que me la anudaran. Enseguida puse las manos en mi cintura y, con una leve semiflexión de mis piernas, me impulsé al cielo. Dicen que me puse furioso y que lloré porque la porquería esa no servía, no volaba. Mis papás, detrás mío, no aguantaban la risa.

Superman VS Superman

Yo no me acuerdo, pero es una historia famosa en la familia. Recién recordé la anécdota ahora que regresé a entrenar a la pista (no había estado de ánimos para ir a dar vueltas). Mi entrenador me dijo que se escuchaban demasiado mis pisadas en el tartán, y que para no impactar tanto los pies tenía que alargar más la zancada; abrirla, volar.

“No es tan sencillo”, pensé.

Al correr, mientras más tiempo consigues despegar los pies del suelo, más rápido te vuelves. Volar, se le dice, tal cual.

Volando

Mi técnica no es la más ortodoxa, así que me cuesta trabajo, pero entonces trato de imaginar, que para eso sí soy bueno, y visualizo mi zancada en el momento de suspensión, en ese instante donde ninguno de mis pies está en contacto con el suelo. Las personas volamos de ese modo, aunque si nos ponemos muy exigentes, no es tal cual volar.

Se los puedo decir yo que muy recurrentemente vuelo, en toda la extensión de la palabra, en mis sueños. He sentido definitivamente cómo se siente volar, así como muchas otras cosas que, fascinantemente, somos capaces de experimentar mientras dormimos, cuando soñamos, no importa que nunca antes las hayamos realizado.

Además de volar como Superman, incluso sin capa, también me han sumergido sin remedio las olas. Me ha faltado la respiración, he muerto ahogado y de distintas maneras: a disparos —con la agonía encarnada y la quemazón del plomo—, en terremotos o desbarrancado en mi coche, con ese vacío en el estómago.

Disfrazado en casa, con mi hermana

Lo mismo he resucitado y sobrevivido a accidentes aéreos, así como a la vergüenza de llegar desnudo a la escuela, adonde he regresado a presentar exámenes para los que no estudié tras décadas. He sido infiel y engañado, me ha tocado la suerte de sacarme la lotería y sé, por los sueños, lo que es vivir en la calle.

He sido todo, he experimentado lo que me pregunten y he sentido con absoluta fidelidad toda la gama de sentimientos y emociones por las que puede atravesar un ser humano a lo largo de una vida, incluido el éxito, el fracaso y la frustración de volver a una oficina que odiaba.

Mi primer orgasmo me sucedió dormido, por ahí de los diez años, si la memoria no me falla, cuando entre sueños le sacaba punta a un lápiz en la escuela y una niña se acercó para arrebatármelo. A medio forcejeo —según yo, carente de erotismo— me despertó aquel placer inaudito que no supe de dónde vino pero que a la noche siguiente ya quería que se repitiera. A lo mejor tenía ya once, no estoy seguro.

Pero, bueno, como decía, me he despegado del suelo y he emprendido el vuelo para escapar, para impresionar a desconocidos y llegar a sitios que en la realidad no conozco y a personas que no tengo la certeza de que existan. Es cuestión de concentrarse, sacar un poco el pecho y subir ligeramente los hombros conforme las palmas de tus manos se apoyan en la invisibilidad de tu deseo para desafiar la gravedad. Así empieza a elevarse uno.

Avanzar mientras ves el camino e imaginas, al mismo tiempo, cómo llegas a tu objetivo

Los sueños y la imaginación nos permiten hacer prácticamente todo lo que queremos, lo más increíble, lo imposible, lo impensable. He conseguido correr un maratón por debajo de las 2 horas y 40 minutos mientras estoy dormido, y no he sido capaz de terminar varios en los que participé a última hora, sin entrenar.

Mañana pienso levantarme temprano para ir de nuevo a la pista y tratar de mejorar mi zancada, porque ya que te vuelves más consciente y te pones realista, pues sí, no es tan fácil.
Estoy en todas las redes como F.J. Koloffon

Volar | Texto ampliado de mi columna quincenal en el periódico El Universal | Comparte a quien le pueda gustar

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