De perseguir la chuleta, a correr por los tacos: la increíble historia de Charlie, mi amigo


Mientras sus compañeros de preparatoria del Instituto Irlandés jugaban Nintendo en la comodidad de sus casas de Las Lomas de Chapultepec, Charlie se paraba por las tardes en el puente de Monte Líbano a vender bolsas de café a los automovilistas en las horas pico de tráfico.

Carlos con su equipo de futbol del Instituto Irlandés (el segundo de izquierda a derecha de la fila de abajo)

La crisis económica de 1994 terminó de complicarle la vida a su papá, quien, a pesar de las becas concedidas, se vio en problemas para pagar a tiempo las colegiaturas. Los gritos que se escuchaban con frecuencia en la casa no eran ajenos a muchas familias, pero con la agravante de la profunda enfermedad de alcoholismo que sufría su mamá y que lo llevó a refugiarse en sus abuelos maternos y sus primos, con quienes vivió una temporada.

Para una mejor experiencia de lectura, escucha esta canción:

Salvo por el uniforme de la escuela, la vida de Carlos González de Cosío Vargas poco se parecía a la de sus amigos. Si quería ponerle gasolina al coche, renovar una camisa o ir el viernes con ellos a un bar o al Sushi-Itto, tenía que ingeniárselas como fuera para conseguir dinero o, bien, para sacarse un pretexto de la manga y llegar hasta el postre si las bolsas de sus pantalones estaban vacías.

Con sus amigos del Irlandés

Más por determinación que por fortuna, su emprendimiento callejero comenzó a tomar forma al poco tiempo de que entró a la Universidad Anáhuac a estudiar Derecho, cuando le ofrecieron volverse el proveedor de café de las tres sucursales que en ese momento tenía la cadena Gino’s.

Aunque claramente había aplicado a Leyes por su íntima necesidad de ayudar a la gente —derivado quizás de su propia añoranza de sentirse respaldado y protegido—, en esta instancia ningún remoto sueldo de pasante solventaría sus cuentas y gastos, por lo que se entregó en cuerpo y alma a su pequeño negocio.

Se despertaba muy temprano para llegar a clases de 7 a 9 y de ahí corría a repartir los pedidos de sus clientes. Regresaba a la universidad de 3 a 9 pm y al terminar se iba volando a preparar las entregas del siguiente día. Pasada la media noche, todavía le daba mantenimiento —él personalmente— a las máquinas de café que ya también vendía.

Por si fuera poco, luego tuvo además que hacer prácticas obligatorias en el despacho de abogados White & Case. Dormía dos horas al día, a lo sumo tres.

A la mitad de la carrera, Gino’s le ofreció un trabajo fijo y una beca para estudiar repostería. Su deserción de Leyes, para convertirse en garrotero de tiempo completo, amplió el distanciamiento con su papá. Donde otros veían una decisión equivocada, Carlos vislumbró una oportunidad de crecimiento en su vida.

En Gino’s

«Hoy que he alcanzado cierta madurez, sonrío con disimulado orgullo al voltear atrás y mirarme en el puente de Monte Líbano con mis bolsas de café», me cuenta. «En aquel instante me daba pena que algunos cuates del colegio me descubrieran ahí como vendedor ambulante. La verdad, sí me daba pena, en mis adentros decía “Chin, ya me vieron”, mas nunca me avergoncé de lo que hacía. Parecerán lo mismo “pena” y “vergüenza”, pero son palabras bastante distintas».

Charlie pasó rápidamente de garrotero a mesero y, a la postre, lo nombraron gerente del comisariato de la cadena, es decir, de la instalación central donde preparaban y almacenaban los alimentos y productos que luego enviaban a las distintas sucursales.

Mientras sus amigos levantaban las copas a las tres de la madrugada en el Bandasha, él negociaba a esa misma hora los precios en la Central de Abasto y alzaba la mano en las subastas.

En sus poquísimos ratos libres encontró en el ejercicio una salida a los problemas y preocupaciones que lo azoraban y, a su vez, una entrada a sí mismo.

«El ejercicio tiene la capacidad de ponerte en blanco, y a mí me alejaba del ruido, de los gritos y las discusiones de mi casa. Silenciaba mi alrededor y me permitía entrar en conversación conmigo».

Pronto se independizó de sus papás, de su querida abuela y, más tarde, de Gino’s. Alquiló un modesto departamento que, tras casarse con Martha Maria Alvarez, transformaron en una fábrica de pasteles a domicilio que horneaban en su pequeña sala. Juntos probaron suerte, emprendieron, abrieron cafeterías De Cosio’s y, por circunstancias de la vida —que nunca se cansa de probarnos—, un par de años después tuvieron que cerrarlas y, nuevamente, iniciar de cero en Monterrey, ciudad que los vio renacer y convertirse en pequeños empresarios.

Uno de sus sueños que tuvo que terminar

Tocaron todas las puertas posibles, así como cuando Charlie tocaba en sus inicios de casa en casa para vender las bolsas de café.   

Todo marchaba sobre ruedas, hasta que un inesperado día de 2005, un tipo se pasó un alto y atropelló a Carlos en su bicicleta. El coche salió de la nada, lo lanzó por los aires y cayó sentado de seco en el asfalto. Su ropa lucía intacta, ni manchas, ni polvo ni rasgaduras, pero el impacto lo dejó cimbrado.

Se le rompieron varias vértebras y el doctor le indicó que cuando menos tendría que pasar seis meses inmóvil en cama. Cualquier movimiento conllevaba el riesgo de fracturarle irreversiblemente la columna y paralizarlo. Si necesitaba cambiar de postura, su esposa —su partner— debía ayudarse de una sábana para reacomodarlo, pues él no tenía permiso ni de pestañear. Otra vez, el panorama de Charlie no le pintaba nada bien.

Cumplido el medio año de convalecencia, le aterraba la posibilidad de que algo no hubiera soldado y se negaba a ponerse en pie, hasta que el doctor, casi con grúa, lo obligó a pararse y dar unos primeros pasos. Conforme mejoraba, lo mandó a nadar y hacer bicicleta, pero le prohibió rotundamente volver a correr en lo que le restara de vida, si no quería arrepentirse de viejo.

Tras su recuperación se le presentó la posibilidad de vender su negocio, por el cual le ofrecieron una suma muy inferior a sus expectativas. Sin embargo, cuando se enteró de que su papá estaba enfermo de un cáncer terminal, consensó con María aceptarla y mudarse de vuelta a la Ciudad de México.

«Siento que la vida me está diciendo que vaya allá y me acerque a él», le murmuró y rápido apretó los labios, y se pusieron a hacer las maletas.

Con su padre

En la casa de sus padres no se oían más gritos, ahora retumbaba un silencio, un silencio en el que, como fantasmas, deambulaban muchas cosas pendientes de decir. Su mamá, rehabilitada por completo, además de dedicar su tiempo a ayudar a gente con adicciones en centros de internamiento y rehabilitación, ahora intentaba resarcir día y noche a la familia por las ausencias y daños causados.

Con su querida mamá

Charlie se reconcilió también con su padre y, por si fuera poco, con el ejercicio. Intenso y entregado como es, investigó en diversas fuentes el tipo de zancada que menos impacto le causaría y… sí, desafió a su médico.

La urgencia de agotar a sus pensamientos para que perdieran fuerza y acallarlos, lo llevó a inscribirse a cuanto triatlón y Ironman encontraba en su camino. Sumergido en las aguas, abordo de su bicicleta y a una velocidad moderada en sus tenis, desfogaba los dolorosos recuerdos del pasado, temores del presente y la incertidumbre de un futuro que pronto se llevó a su papá, a quien le dedicó y todavía le dedica buena parte de sus carreras.

Al finalizar uno de tantos Ironmans

En uno de sus trotes matutinos se acordó que un día el director general de Toks —a quienes antes asesoraba en asuntos de café y exportaciones de alimentos— había bromeado con jalarlo a la compañía. De inmediato se fue a bañar, se subió al coche y un par de semanas más tarde ya despachaba en el comisariato como parte del cuerpo directivo del gigante de las tiendas de autoservicios, donde no sólo hizo crecer de manera importante las ventas y la compañía, sino que promovió el apoyo y las compras justas a los agricultores que los dotaban de insumos.

Toks, una compañía que está en su corazón

Por fin, Charlie, fiel a su irrenunciable vocación, consiguió llevar a cabo ese propósito por el que originalmente se metió a estudiar Derecho: ayudar a la gente.

A Carlos Gonzalez de Cosió lo conocí de niños en el Irlandés. Cruzamos pocas palabras, pues le llevo dos años y casi no interactuaban las generaciones. Nuestros caminos apenas volvieron a encontrarse gracias a las redes sociales, donde me gusta seguir los videos que suele publicar en su instagram con mensajes que, aun a mí que soy reacio a los corredores felices y a los motivadores, me sensibilizan.

Recientemente llamó mi atención una fotografía que subió con cabestrillo y mediante la cual explicaba su decisión de no rendirse y continuar corriendo a pesar del concluyente diagnóstico médico tras su atropellamiento hace 20 años. Enseguida le pregunté qué había sucedido. Y me contó…

Por aquellos días de infancia y juventud nunca imaginé su historia y no es sino hasta ahora, luego de la entrevista que me concedió, que me entero quién es y quién era, porque, a pesar de que es el mismo, vaya que ha cambiado.

Otra canción:

Actualmente, Carlos trabaja en Nueva York como responsable de la cadena de suministro de Tacombi, una empresa de la que es socio y que no se cansa de abrir taquerías y vender millones de tortillas en Estados Unidos de la mano de inversores como Shake Shack, uno de sus aliados en su expansión.

El gran Charlie rompiéndola en Tacombi

«Sí veo de repente a mis amigos del colegio y me da especial gusto sentarme a comer con los que en esos días difíciles me insistían que llegara al Sushi-Itto o al Tecamacharlies o adonde fuera desde el principio y no hasta el postre, los amigos fieles que, aunque éramos cinco, se dividían la cuenta entre cuatro».

Algunos de sus grandes amigos

El próximo 2 de noviembre, el gran Charlie correrá el Maratón de Nueva York para juntar fondos para la Tacombi Foundation, fundación que creó junto a Dario Wolos con el fin de ayudar a dignificar la vida y trabajo de miles de mexicanos e inmigrantes de otras nacionalidades que se han ido a buscar una mejor vida al país vecino.

María y Carlos, partners

Historias como la de Carlos González de Cosío, mi viejo conocido desconocido de la escuela, me permiten recordar que los seres humanos estamos hechos de carne y hueso pero también de acero, y que somos capaces de sobrevivir a los peores infiernos y salir de los más oscuros abismos, de las fatalidades, las adicciones, las culpas, la debacle, el coraje, el resentimiento y de las crisis infinitas.

Me queda claro que cada persona con la que interactuamos o que aparece misteriosamente en nuestra vida, está ahí no sólo para revelarnos un mensaje, sino para mostrarnos algo de nosotros mismos e inspirarnos a mantenernos ahí, en nosotros, que es donde somos poderosos.

Si quieres mandarle un mensaje a Charlie y apoyar la causa de Tacombi, ve a: instagram.com/decosio_in_nyc/.

Estoy en todas las redes como F.J. Koloffon.

La historia de Carlos Gonzalez de Cosío: De perseguir la chuleta, a correr por los tacos | Texto ampliado de mi columna publicada en el periódico El Universal del 13 de octubre de 2025 | Comparte a quien le pueda gustar y servir


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