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Domingo 29 de marzo pasado. Salí de mi casa a correr más tarde de lo que me gustaría. Traigo un desorden descomunal con mis horarios y mi rutina, pero, según yo, en abril todo cambiará. Tengo que enfocarme más en el trabajo, pero, a la vez, no quiero descuidar el ejercicio. Incluso, pretendo retomar los ejercicios de fuerza, de cara al próximo maratón. Es cosa de depurar las horas perdidas, de acabar con ellas, porque tiempo hay… hasta que se acaba.
Me faltaba exactamente media vuelta a los Viveros de Coyoacán para completar los 60 minutos que me tocaban. Pasé justo por la marca de los 1,000 metros y, súbitamente, un hombre cayó delante de mí.
Inmediatamente regresó a mi mente mi propia imagen en el suelo cuando dos días antes me caí, también en uno de los senderos del vivero. Un cuate de mi rodada me ayudó a levantar, y su madre —una señora grande, sumamente amable y respetuosa— me sacudió el mulch de la espalda y las pompas (se le llama mulch a las virutas y pequeños trozos de madera de los árboles que trituran y esparcen en la tierra como acolchado para retener la humedad).
Este texto se lee mejor con esta canción:
Pensé que, al igual que yo, se había tropezado, pero en cuanto me acerqué a preguntarle si estaba bien, sus grandes ojos abiertos miraban con fijeza a algún lugar que no era ahí. Puse mi mano en su espalda, lo sobé un poco, no podía contestarme. Supuse que no sabía siquiera que le hablaba. En un par de movimientos involuntarios se puso completamente rígido, especialmente el brazo que tenía libre, porque el otro estaba aplastado bajo su cuerpo. Con la ayuda de otro corredor conseguimos voltearlo hacia arriba.
Al caer, no alcanzó a meter las manos y pegó de bruces. Su boca estaba llena de grava y una señora que se acercó sugirió que se la sacáramos. Tras dudarlo un instante, y luego otro, por fin introduje mi dedo índice en su boca y extraje la tierra. No reaccionaba. Lo único que cambiaba era el color de su piel, que se puso amarilla y luego transparentosa.
Nunca imaginé que alguna vez tendría que cerciorarme, como hacen en las películas, si una persona tenía vida. Primero, con el mismo dedo índice, traté de corroborar si respiraba, pero no estaba seguro si salía o no aire de su nariz. Lo mismo con su pulso en el cuello, me concentré y no sentí nada.
Cada instante su mirada se perdía más y más. Su boca ya también estaba completamente abierta.
Como Hollywood me dio a entender, comencé a oprimir su pecho, en una improvisada maniobra de reanimación que no daba resultados. La gente nos rodeaba y yo solo alcanzaba a oír que alguien decía “¡No, no, se está yendo!”.
Como caído del cielo apareció un nuevo corredor que se puso al mando de la situación.
—¡Somos médicos, permítannos! —y con urgencia me pidió que me hiciera a un lado—. Necesitamos algo para ponerle abajo de su cabeza —y rápido la gente le ofreció lo que traía. Tres sudaderas le sirvieron de almohada—. No hay pulso en ingle ni cuello —corroboró.
—En la muñeca algo se siente todavía —alcanzo a recordar que dijo la corredora que lo acompañaba, pero instantes después no percibió nada y comenzó a darle RCP—. Alguien tome por favor el tiempo —indicó y de los nervios yo no encontraba cómo en el reloj que uso a diario.
Angustiosamente, todos veíamos que no sucedía nada, que el señor no reaccionaba. No necesitábamos ser expertos para comprender que el tiempo se acababa. Varios, así como yo, se notaba que rezaban.
Después de unos minutos, los policías del vivero llegaron con una botella de alcohol. Sin un botiquín, sin ningún equipo de primeros auxilios. Sin nada más que una botella de alcohol, tamaño pequeño.
La doctora hizo una pausa breve a la reanimación y comenzó de nuevo. Y, así, otra vez más. La boca y los ojos de aquel hombre permanecían abiertos.
Transcurrieron alrededor de dos minutos y, al cuarto ciclo de la maniobra, Daniela Marengo y Saúl Mata, residentes de medicina interna en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición «Salvador Zubirán«, de 29 y 28 años de edad, respectivamente, trajeron de vuelta al mundo al señor Bruno Tlatelpa, de 66.
Tardó un rato en volver bien en sí, hasta que fue capaz de decirnos su nombre. Poco a poco recobró la consciencia y regresó al lugar donde el doctor le recordó que se encontraba.
—Está usted en los Viveros de Coyoacán. Tuvo un desvanecimiento, señor Bruno.
Recién resucitado, don Bruno Tlatelpa pretendía irse a su casa de regreso en la bicicleta que tenía estacionada en la puerta 1. No quiso darnos ni el nombre ni el número de teléfono de algún familiar o amigo. Según él, estaba bien y no era necesario.
—Entró en paro, señor, tenemos que esperar a que venga la ambulancia para que lo revisen en el hospital. No se puede ir —le explicó la doctora y le prohibió a los policías que lo pusieran de pie, pues pretendían moverlo a un punto donde no pasara tanta gente.
¡Háganme el favor que en un circuito donde los siete días de la semana acuden miles de personas a correr y ejercitarse, no cuenten ni siquiera con un botiquín médico Mi Alegría, ni con personal de seguridad con la mínima capacitación y noción de primeros auxilios! ¡¿Cómo es posible que la ambulancia haya tardado más de una hora en llegar, en domingo, sin tráfico, sin pretextos?! Esas no son ambulancias, son carrozas fúnebres.
Es lamentable lo que acontece en esta ciudad y en este país. Si no fuera por los ángeles civiles…
—Por lo menos deberían tener un DEA —me comentó después del evento la doctora Marengo—. Es un desfibrilador bastante fácil de usar, que sirve para tratar este tipo de emergencias en sitios como estos. Su función principal es prevenir la muerte súbita mediante la administración de una descarga eléctrica para restablecer el ritmo cardíaco normal.
De regreso en mi casa, asombrado y conmovido por la curiosa casualidad de que los doctores vinieran tan solo unos metros detrás de Bruno, me prometí ponerle orden a mis horarios, mi rutina y a mis prioridades, porque siempre hay tiempo para corregir, siempre, hasta que el día menos pensado el tiempo se acaba.
Sirva esta columna como un aplauso para Daniela Marengo y Saúl Mata, cuyas agendas cosmogónicas coincidieron milagrosamente con la de Bruno Tlatelpa, y lo salvaron.
Tendrá que averiguar este hombre milagro por qué y para qué fue resucitado en Domingo de Ramos.
Estoy en todas las redes como F.J. Koloffon.
El milagro de Bruno Tlatelpa | Texto publicado en su versión corta en el periódico El Universal el 1° de abril de 2026 | Comparte a quien quieras
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