Superar todos los días el camino


A los tres meses de nacido, su papá le notó algo raro. Si ponía cualquier objeto en su mano derecha, incluso su dedo, su bebé no podía cogerlo ni apretarlo. A diferencia de la izquierda, no mostraba reflejos ni fuerza.

Los médicos llegaron a la conclusión de que, quizás al nacer, o incluso en el vientre de su madre, el pequeño Juan habría sufrido una embolia que afectó el lado derecho de su cuerpo: brazo y pierna e, incluso, la capacidad de aprendizaje que se desarrolla en ese hemisferio del cerebro.
Juan con su papá y su hermana

El diagnóstico no sólo fue que nunca podría correr como cualquier niño, sino que con trabajos caminaría y que muy probablemente no sería capaz de terminar la escuela.

Este texto se lee mejor si se escucha con «Al lado del camino», de Fito Paez:

«La palabra discapacidad no me molesta», asegura Juan Mijares Martínez mientras me cuenta su historia. «A mis papás tampoco, y desde muy niño me enseñaron a enfrentarla. Desde los seis meses me metieron a terapias y nunca dudaron que iría a una escuela normal. “Nada de aprendizajes especiales”, le dijeron a los del Tomas Moro, colegio donde estudié desde chico. Salía de clases, comía y enseguida me llevaban a mis terapias. Regresaba a la casa a cenar y a empezar a hacer tarea hasta las 11 de la noche. Ambos fomentaron, con su esfuerzo y el mío, que tuviera una vida lo más normal posible».

Juan de niño, listo para triunfar

Juan estudió Derecho con bastante buenas calificaciones en la Universidad Iberoamericana, y actualmente trabaja como abogado en la firma Malpica, Iturbe, Buj y Paredes. No sólo ha superado la parálisis en sus extremidades, la dificultad del habla, la obesidad en su adolescencia, cirugías y una infinidad de complicaciones, sino que hace un par de semanas corrió el Maratón de Nueva York en 4 horas y 32 minutos.

Juan, el abogado
«Pedí vacaciones en el trabajo para correr mi treceavo maratón. Mi primero fue Chicago, en 2012, y cuando le avisé a mi papá que lo correría, sin dudarlo me respondió que me acompañaba. También vinieron su pareja, mi hermana, hermanastras y Eduardo Martínez, uno de mis grandes amigos. Jorge, otro amigo del alma, se puso una camiseta que decía “He’s my hero” y me jaló los últimos 15 kilómetros».
He’s our hero
Juan confiesa que corre simplemente porque los doctores le dijeron que él no estaba hecho para eso y que más valía que ni lo pensara.

«Me gusta demostrar que si quiero, puedo, y no porque alguien diga que estoy impedido, voy a dejar de intentarlo. “34 años de terapia y mira donde estás. Si puedes hacer esto, qué no puedes hacer”, me digo cada que cruzo la meta. Y así me he sentido las 13 veces: lleno de poder. Tú dime si no voy a querer volver a correr, por más que un doctor insista en que ya no lo intente», agrega todavía con alguna secuela del dolor que suele causar la osadía de correr 42 kilómetros y 195 metros.
Juan al cruzar la meta en el Maratón de Nueva York (noviembre, 2025)
Debido a la hemiparesia, la cadera de Juan presenta una asimetría, un desnivel que resulta en una inclinación pélvica que no le permite caminar con normalidad, además de que su pie derecho, cuyos músculos viven permanentemente contraídos por la misma causa, es más chico que el izquierdo, lo que hace más asombrosa aún su hazaña de correr y completar, hasta ahora, 13 maratones, un probable Récord Guiness, actualmente en revisión.
Juan y su porra en su primer maratón; les ganó a todos
Nadie entiende cómo es que no se ha lesionado (bendito Dios), así como yo no comprendo la razón por la cual Adidas y Nike concentran sus campañas en puras influencers bonitas en lugar de fijarse en personajes inspiradores, valientes y, por supuesto, guapos, como Juan. ¿O quién les mueve más a ustedes el espíritu y las emociones?

No imagino mejor embajador de marca, pues, por si fuera poco, Juan empezó recientemente a correr para fundaciones. «En Londres corrí por una fundación de niños con discapacidad y me encantó. Me encantó poder ayudar y sumar recursos a su causa. No voy a mentir, es un relajo recaudar, pero es increíblemente satisfactorio».
En Londres
Ojalá su historia llegue, por ejemplo, a la marca mexicana Charly y cuando menos le patrocinen los tenis, pues, dada la diferencia de tallas en sus pies, necesita por lo menos dos pares de zapatos para sus entrenamientos y otros dos para cada carrera, y eso, aunque no lo parezca, es muy caro. ¡Haz tu magia internet!

«A mí me ha tocado entrar como participante con discapacidad ambulante, o sea que puedes correr sin asistencia, pero veía en el corral a gente sin piernas, unos en silla de ruedas, otros con parálisis por todo el cuerpo y señores que iban a ayudarlos, a empujarlos. La emoción es muy grande, te conmueves, te inspira empezar junto a ellos. Todos tenemos una historia de superación, de lo que sea que nos lleve a superarnos, y el maratón es precisamente una de ellas. Da igual si tienes una discapacidad o no, si eres profesional o un novato, ahí vamos todos juntos en el camino superándonos, los lentos, los rápidos, recibiendo las mismas porras, los mismos aplausos, refrescándonos con la misma agua. Por eso, quien quiera recuperar la fe en la humanidad, que salga a ver o a vivir un maratón».
Juan feliz
A estas alturas, Juan Mijares, el corredor incansable, está ya de vuelta en su escritorio del despacho. Alista las demandas, contestaciones y escritos a su cargo, mismos que teclea solo con una mano, la izquierda. La emoción del maratón ha concluido, aunque el recuerdo sobrevive y es tan eufórico que, seguramente, entre párrafos, se ha metido ya a Google para buscar la próxima carrera, esa que desde hace años los doctores le tienen prohibida pero que a él no le importa, pues nadie mejor que Juan sabe que a pesar de que lo suyo no se cura, es algo que se trabaja todos los días, como la vida misma.
«A veces me preguntan si me habría gustado nacer sin discapacidad. Es una pregunta muy típica cuando doy pláticas acerca de mi caso. Y mi respuesta, invariablemente, es que yo nací así y no pasa nada, no conozco otra cosa, pero lo que sí es que siempre se puede estar peor. Por eso agradezco lo que soy y, especialmente, como me hicieron mis papás y la suerte que tuve de que tuvieron dinero para pagar mis terapias. Puede ser que no solamente me hubiera afectado la mano y el pie, sino todo el cuerpo, o sea, podría estar peor. Y también, si te das cuenta, mi discapacidad me obliga a nunca permanecer en una zona de confort y a seguir adelante en el camino».
Juan con su papá y su hermana
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Superar todos los días el camino | Texto ampliado de mi columna quincenal en el periódico El Universal | Comparte a quien le pueda gustar
Mi columna en El Universal


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