Lo que dos adolescentes (y su mamá también) hicieron.

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El día de hoy, Chimalistac amaneció, por fin, con botes de basura. La instalación de estos botes, a lo largo de todo el camellón de Paseo del Río, avenida principal de este barrio prehispánico que se ubica al sur de la Ciudad de México, lejos de ser una acción de las autoridades jurisdiccionales, fue una iniciativa de dos adolescentes, de menos de 15 años, y de su mamá también.

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Desde Eje 10 Sur hasta Miguel Ángel de Quevedo, estos tres mexicanos ejemplares se encargaron de fijar botes de basura orgánica e inorgánica en árboles y postes con la intención de evitar que la gente que camina por esta colonia —que recientemente fue declarada patrimonio cultural de la Ciudad de México— siga tirando basura.

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Ahora que los ciudadanos de a pie hicieron (y financiaron) la tarea de los delegados de Álvaro Obregón y Coyoacán —delegaciones que colindan en esta circunscripción que alberga 12 construcciones catalogadas como monumentos históricos por el INAH—, vamos a ver si éstos dos sujetos, María Antonieta Hidalgo Torres y José Valentín Maldonado Salgado, respectivamente, son capaces de ponerse de acuerdo en quién es responsable de recoger diariamente la basura que la gente deposite en los botes, pues constantemente los barrenderos de una y otra demarcación, en lugar de alzar los desperdicios que la gente inconsciente tira a su paso en los límites de ambas delegaciones, mejor les dan dos puntapies para que queden del lado de la frontera ajena, y así se echan la bolita cuando los vecinos les pedimos que alcen la basura. “No, mi jefe, esa bolsa ya está del lado de Álvaro Obregón y nosotros trabajamos en Coyoacán”. O “pero ahí le encargo para el refresco porque yo trabajo para la Álvaro Obregón y eso le toca a Coyoacán, patrón”.

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Es increíble también que uno de los principales accesos a esta colonia, supuestamente resguardada por el Gobierno de la Ciudad de México por su riqueza arquitectónica, histórica y cultural, sirva de paradero improvisado de microbuses, justo frente a la librería Gandhi de la avenida Miguel Ángel de Quevedo. Es de no creerse que ninguna autoridad lo impida y que además permita el funcionamiento, ahí mismo, de tantos puestos de comida que igualmente contaminan todos los días este precioso barrio empedrado y de áreas verdes, escenario que visitan a diario japoneses, gringos, europeos, sudamericanos y, claro, mexicanos de distintas partes de esta república. Si fue declarado patrimonio cultural, caray, ayuden a que eso parezca.

Y si ya saben que hay gente a la que no se le da eso del civismo y la limpieza, asignen un par de policías, tanto del lado de Álvaro Obregón como de Coyoacán, para que realicen rondines y cacen tiradores de basura y dueños de perros que no levantan sus cacas. ¡Y sanciónenlos! Yo conozco a un par a los que voy a empezar a tomarles fotografías para exhibirlos.

Ojalá que autoridades, vecinos y todos los que caminamos por los callejones y callejuelas de Chimalistac, y por las calles y avenidas de todo México, sigamos el ejemplo de esos dos adolescentes. Y de su mamá también.

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