La gran orquesta (tres minutos). Tercera parte (el último minuto).

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(Inspirado en hechos reales)

El último minuto.

José observa con atención las nubes y evoca a los rescatistas israelíes reunidos en círculo entorno al que tocaba el Schofar. Han abierto las puertas del cielo con este instrumento sagrado de viento hecho con el asta de un carnero puro. Primero emitió una nota prolongada, no necesariamente muy estable, luego descargó una metralla de soplidos. Sabina Berman documentó el ritual y el sonido de aliento semejante a una especie de clave morse, quizás similar a la que emitía en ese preciso instante Erick con el golpeteo de su dedo índice contra el trozo de madera sobre el que yacía bajo los cuatro pisos del edificio de Medellín, a lo mejor no tanto para que le abrieran el portal invisible, sino para hacerle saber a Karina que la escuchaba, que se lo agradecía con todas las fuerzas que le restaban y para pedirle que, ellos también, tuvieran fe.

Arriba del coche, José reflexiona acerca del peculiar misterio: a pesar de la grandísima tragedia hubo algo que nos permitió sentir grandiosos: volvimos a comunicarnos. Nos entendimos, nos reconectamos, experimentamos la compasión y el amor al prójimo, nos reconciliamos, regresamos a las raíces, tocamos nuestro núcleo, comprendimos fugazmente el motivo absoluto, la razón de todo, la esencia. Lástima que la sensación de grandeza sea efímera, como el orgasmo donde se concentra la vida. Los milagros son así, súbitos, como la muerte o la concepción. Fue simplemente una casualidad, como la existencia, no fue resultado de los misiles de Corea del Norte ni consecuencia del calentamiento global, menos un castigo divino. Se trató de una coincidencia que movió al país entero, que propició cambios, entre ellos, que en unos meses la silla presidencial vaya a ser ocupada por una persona de a pie, por la primera mujer. Indígena.

Vienen ahora a su mente los japoneses quitándose el casco: es Erick. La reverencia lo conmueve, el reconocimiento a la vida de un completo extraño le aguada los ojos, el homenaje a las víctimas, a los heridos, a los militares, los marinos, los policías, a los brigadistas, a los rescatistas, a los generosos, a los testigos, a quienes a partir del 19 de septiembre de 2017 cualquier tipo de vibración nos lleva a pensar lo peor y a quienes el ruido que sea nos suena al eco de la alerta sísmica, activando nuestras angustiosas memorias.

No se cumplen aún los tres minutos, sin embargo, en la cabeza de José empieza a sonar Sull’aria… che suave zeffiretto, el duettino angélico de Las Bodas de Fígaro, de Mozart, mientras en los confines de su imaginación reproduce su escena favorita The Shawshank Redemption, cuando Andy se encierra en el privado del director del penal y hace sonar por todos los altavoces de la prisión precisamente aquella pieza de redención con la cual libera por unos momentos a todos los presos. Ya antes fantaseó con la idea de irrumpir en las oficinas del Gobierno de la Ciudad de México y maniatar a los encargados del sistema de la alerta sísmica para poner Radio Ga Ga de Queen a todo volumen por los altavoces. Y no es broma, está determinado a confabular con algún otro loco el secuestro de las instalaciones y, de ser necesario, someter a Mancera. La ciudad necesita una especie de ritual, como el de los japoneses o los israelíes, música que brote del corazón de esas bocinas para sanar la ciudad, nuestras memorias y liberarnos, por qué no, de la cárcel, de las cargas y los pesos de la cotidianidad. Después de todo, somos la gran orquesta.

Exactamente a las 13 horas con 17 minutos y 40 segundos, el estruendo del claxon de un microbús, termina con el ensueño colectivo. Pareciera como si el maldito chofer estuviera subido en una locomotora y jalara la soga de la bocina para romperle a propios y extraños los tímpanos. 

—¡Órenle, jijos de su pinche madre, aváncenle que hay que convertir la chuleta en ribai —grita a diestra y siniestra, tal vez, borracho.
—Parece que tendremos que luchar contra ustedes toda la vida, desgraciado —alcanza a mascullar José al poner en marcha su auto, mientras unos coches atrás la esposa del hombre del suéter rojo le escribe por WhatsApp a su amigo de la oficina: Hola.

 


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