La gran orquesta (tres minutos). Segunda parte (minuto dos).

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(Inspirado en hechos reales)

Minuto dos.

José respira hondo abordo del coche, necesita aire, parecería haber resistido bajo el agua sin oxígeno los primeros sesenta segundos, como un buzo, sumergido en los recuerdos de aquella todavía cercana tarde de donde emerge en este instante el nombre de Guadalupe Nolasco. Lo escucha en su cabeza. Guadalupe Nolasco. ¿Qué sería de ella? ¿La habrían rescatado con vida o murió? ¿La habrían rescatado siquiera? ¿Por qué buscaban a sus familiares? “¡Familiares de Guadalupe Nolasco¡”, los llamaban en voz alta, con insistencia, pero nunca se presentaron, por lo menos durante el tiempo que él permaneció ahí. José desea subirse al techo de su coche con un altavoz y volver a preguntar por ella, un año después, quizás por aquí se encuentre, en el tributo a quienes perdieron la vida en el edificio multifamiliar que se desplomó sobre calzada de Tlalpan y Taxqueña. Le sería reconfortante saber que vive.

Al día siguiente del terremoto José volvió ahí acompañado por su esposa. No había mucho qué hacer, los voluntarios sobraban, las calles y avenidas aledañas a los derrumbes en las distintas zonas de la ciudad estaban desbordadas, igual que las tiendas de autoservicio, donde más de una cajera fingió pasar mantas y otros productos por el lector de código de barras para no cobrarlos y engrosar las donaciones de quienes les pedían cerrar la compra cuando alcanzaran determinada suma. Los clientes sonreían asombrados, con disimulo, junto con los que esperaban su turno en la fila encogidos de hombros al percatarse del atrevimiento. Walmart lo desconoce, pero donó un poco más de lo que presume. Las brigadas llevaban y traían víveres, vendas, gasas, artículos médicos, esperanza, de aquí para allá.

En una lista con varios nombres pegada en el área de primeros auxilios, José buscó con el dedo índice a Guadalupe Nolasco, sin éxito. Los repentinos silencios cimbraban de nueva cuenta el alma de los presentes. Los puños en alto, las miradas expectantes hallándose la una a la otra, los cartelones de “silencio”, los rescatistas pidiendo señales de vida. El silencio.

Karina consiguió un megáfono y se plantó frente al acaecido 176 de la calle de Medellín, un edificio de cuatro plantas reducido a un montón de escombros que ya únicamente albergaba las ilusiones de quienes a través de los medios se enteraban de que ahí estaba sepultado Erick, su hermano. “No nos vamos a mover de aquí hasta que te tengamos con nosotros”, le avisaba por el altavoz con la voz tan desgarrada que acababa por rompérsele.

Simultáneamente, el sonido del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México anunciaba la llegada del vuelo número 180 de All Nipon Airways, mientras Juan Villoro, sentado próximo a la ventana de su estudio, trataba también de extirparse palabras de las entrañas que luchaban asimismo por escapar de su característica pero resquebrajada serenidad. Los 38 rescatistas japoneses que venían abordo del avión nipón para ayudar en las labores del terremoto a los cuerpos de salvamento mexicanos, fueron recibidos con los mismos aplausos que “El puño en alto”, el emotivo texto que publicó al día siguiente el escritor mexicano en el periódico Reforma luego de conseguir salvar, entre respiración y respiración, frases no sólo afortunadas de haber salido vivas, sino milagrosas.

Las casas, las escuelas sin grietas, ciertos negocios y parques, se transformaron en centros de acopio. Recibían desde alimentos no perecederos hasta insulina para el susto. Restaurantes caros, de comida corrida, fondas y loncherías abrieron sus puertas a voluntarios sin cobrarles un quinto. Otros preparaban tortas y sandwiches que los chicos malos repartían en sus Harley Davidson, los hipsters en sus motos tipo vespa y los ecologistas en sus bicis con canastillas. María, Eugenia, Regina, Paula, Lorenzo, Chucho, Luis, Vivian, Mercedes, Chana, Juana, Cristina, Zutano, Mengano y Perengano llenaban coches, camionetas y las cheyennes con rumbo a Xochimilco, a Izúcar de Matamoros, Tetela del Volcán, Jiutepec, Jojutla, Juchitán y a Jiquipilas. Buena parte del país sufría y sufre todavía al concluir el segundo minuto de silencio.

Próximamente La gran orquesta (tres minutos). Tercera y última parte (el último minuto).


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